Por la Dra. Araceli Alonso
Desde niñas, a muchas mujeres se nos enseña a cuidar. A cuidar a nuestros hermanos, a los padres, a los abuelos. A anticiparnos a las necesidades del otro, a estar disponibles, a sostener. Luego crecemos y seguimos cuidando: a nuestras parejas, a nuestros hijos, a nuestros equipos de trabajo, a nuestras comunidades.
Y no está mal. Cuidar es una forma hermosa de amar.
Pero cuando cuidar se convierte en un mandato silencioso, en una expectativa social que se da por sentada, en una carga invisible que nos obliga a ponernos siempre en último lugar, entonces deja de ser amor y empieza a ser olvido de nosotras mismas.
Como médica, he escuchado cientos de historias de mujeres que llegan a consulta agotadas, no solo físicamente, sino emocional y mentalmente. Mujeres que llevan años sin dormir bien, sin ir al ginecólogo, sin hacerse un chequeo, sin una hora a la semana para ellas. Mujeres que postergan sus sueños, su salud, su bienestar… porque “hay cosas más importantes”.
Y yo siempre les digo lo mismo: tú también importas.
¿Quién cuida a la que cuida? ¿Quién se preocupa por cómo está, por cómo duerme, por cómo se siente? En una sociedad que aplaude a la mujer sacrificada, pero señala a la que se prioriza, ser consciente de nuestras propias necesidades es un acto de valentía. Cuidarse no es egoísmo. Es responsabilidad. No puedes dar lo que no tienes, ni sostener a otros si tú estás rota por dentro.
Y no se trata solo de ir al spa o tomarse una tarde libre —que también—, sino de algo más profundo: permitirte sentir, pedir ayuda, hablar de lo que te duele, reconocer tus límites, decir que no sin culpa.
Las mujeres no somos máquinas de amor incondicional. Somos seres humanos. Con emociones, con necesidades, con historias que también duelen, que también pesan. Y por más fuerza que llevemos por dentro, no tenemos por qué cargar solas con todo.
Cuidar es valioso. Pero el autocuidado es urgente.
Porque detrás de cada mujer fuerte hay una historia que muchas veces no se ve: una infancia difícil, una maternidad en soledad, una enfermedad que se enfrentó en silencio, una empresa levantada a pulso, un hogar reconstruido desde los escombros.
Nos aplauden por nuestra resiliencia, pero no nos preguntan si estamos cansadas. Nos admiran por lo que logramos, pero no saben cuánto nos costó. Nos llaman valientes, pero no nos preguntan si a veces también sentimos miedo.
Hoy quiero recordarte esto: no tienes que demostrar nada a nadie. No necesitas hacerlo todo sola. No eres menos mujer por decir “necesito que me abracen”, “no puedo con esto ahora” o “hoy quiero que me cuiden a mí”.
La equidad también se construye así: reconociendo que las mujeres no solo dan, también merecen recibir. Que no solo sanan, también necesitan sanar. Que no solo sostienen, también merecen ser sostenidas.
Y que el mundo será más justo cuando aprendamos a ver a la mujer no solo como cuidadora, sino también como alguien digna de cuidado, atención y ternura.
Cuidar a una mujer es cuidar a quien cuida al mundo.

